La ciudad se despierta lentamente, como lentamente entran los primeros rayos del sol por la ventana. Me vuelvo sobre la almohada y entre legañas puedo abrir los ojos con pereza para contemplar a Lupe, como gallo de corral, exigiendo con su hocico su paseo matutino.
Por la intensidad de los lametones, se está cagando a "jierro". Se paciente. Me levanto, estoy disperso. Lavado de cara, ropa del día anterior y a coger todos los elementos que implican el paseo: correa, bozal atado a la cintura, la cartera y una bolsa, no mejor dos, para lo que pueda echar esta shiquilla. Por supuesto Lupe no se olvida de su Frisbee "nuevo". En la boca como si fuese una perra africana de la tribu los Morsi:
El ascensor, no mejor las escaleras, así espabilamos y hacemos ejercicio. El día abre saludable, mucho sol, la calor, desde temprano, ya calienta. En realidad, no es tan temprano, pero en la redacción queda más bohemio escribir al alba que a las 11:00 de la mañana. Un paseo y nos vamos a comprar el pan:
- Lupe aligera con lo tuyo.
Ahí vamos los dos, cuesta abajo camino del MAS. Un tío en pantalón pirata y camiseta arrugada, con los ojos rotos por la luz y con las legañas a medio quitar, junto a su inseparable perra africana. Al ir llegando a la cafetería, los abueletes no pueden contener la sonrisa al ver la imagen, y alguno suelta de manera espontánea:
- illo que va a pedí?
- Claro, caballero, a ver si puede comprarse un bollo de pan para desayunar. Le conteste sin pensar.
(Risas)
- Ea, Lupe, tú no puedes entrar, así que quieta y no te muevas de la puerta. Acción que ya está acostumbrada hacer, porque el ir a comprar el pan más que rutina se ha convertido en peregrinación.
Estos son los momentos, en los que a uno le da tela de coraje no tener el móvil operativo o una cámara a mano -mi smartphone que lo hecho de menos muchísimo- y andar por ahí con uno con teclas y sin cámara de fotos....Cuando vuelvo de comprar mi dos barras para los bocadillos del trabajo, me encuentro la siguiente imagen, tendréis que conformaros con las mil palabras:
Lupe con cara de poker me mira, tumbada en la puerta -en el mismo sitio dónde la dejé dos minutos antes- su correa en el suelo serpenteando entre su cuerpo, su frisbee mordisqueado, boca arriba, y sobre éste una moneda de 20 céntimos. En las mesas de la terraza, un par de abueletes con la sonrisita traviesa contemplan -no dejaron de hacerlo desde qeu nos vieron aparecer- la situación.
Jajajaja, ea, para que se compre el bollo!
Sorprendido por aquello, entre más risas, cogí los 20 céntimos, y volví para comprar ese bollo merecido con el sudor del de enfrente que Lupe había ganado. Pidiendo, pero honradamente.
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